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Cómo aprendemos realmente en comunidad

Actualizado: hace 32 minutos


Imagina por un momento dos escenas.


En la primera, estás frente a un niño “aprendiendo” en soledad: una mesa, una tarea, una explicación correcta y una respuesta correcta. Todo ocurre dentro de su cabeza, como si el conocimiento fuera un objeto que se deposita.


En la segunda, estás en un camp: cabañas compartidas, acuerdos cotidianos, retos físicos y sociales, decisiones pequeñas pero reales (cómo organizarse, cómo resolver un conflicto, cómo sostener un compromiso con el grupo). Aquí el aprendizaje no se reduce a información: es una experiencia vivida, situada, relacional.


La ciencia pedagógica contemporánea se inclina por la segunda escena. Nos recuerda una verdad poderosa: la inteligencia no florece en aislamiento, cobra vida en el “nosotros”. Aprender es algo que sucede en la red invisible de relaciones, prácticas y normas compartidas.





La inteligencia está distribuida en la comunidad


La primera gran ruptura con el dogma tradicional es comprender que el conocimiento no es una propiedad privada. Bajo los principios socioculturales de Vygotski, el aprendizaje es un fenómeno “distribuido”: la pericia no vive completa en una sola persona; emerge de la colaboración, del lenguaje y del apoyo mutuo.


En un camp, esto se ve con claridad. Un niño aprende más rápido a orientarse, convivir o resolver un reto cuando la comunidad funciona como un sistema: compañeros que modelan conductas, guías que acompañan sin sustituir, rutinas que sostienen el esfuerzo. Es en esa interacción donde aparecen las “zonas de desarrollo próximo”: espacios de posibilidad en los que, con apoyo, alcanzas niveles de ejecución que no lograrías en soledad. Lo que hoy haces con ayuda, mañana lo harás con autonomía, pero el motor inicial es social.


“La naturaleza psicológica del hombre constituye un conjunto de relaciones sociales, trasladadas al interior y que se han convertido en funciones de la personalidad” (Vygotski, 1987).


Por eso, deja de pensar el aprendizaje como un acto individual. En una experiencia como Camp Pipiol, tu entorno —tu cabaña, tu equipo, tus guías, tus acuerdos— es parte del “cerebro extendido” que habilita tu crecimiento.


El poder está en "aprender juntos"


A menudo nos enfocamos en “convivir” pero una Comunidad de Aprendizaje surge cuando el grupo toma consciencia y decide mejorar intencionalmente.


En educación experiencial, esto es crucial. En un camp, no basta con que los niños estén juntos: el aprendizaje profundo aparece cuando la comunidad se detiene a observarse: ¿cómo nos estamos tratando?, ¿cómo resolvemos conflictos?, ¿qué hacemos cuando alguien se queda fuera?, ¿qué reglas nos ayudan y cuáles nos estorban? Ese movimiento —mirar el proceso, nombrarlo, corregirlo— convierte la convivencia en formación.


Por eso, sustituye la rutina por reflexión. Una comunidad que solo ejecuta actividades es un engranaje. Una comunidad que reflexiona sobre lo que vive y decide ajustar su práctica se vuelve un motor formativo.


La inclusión real requiere abrazar el conflicto, no esconderlo


Rodolfo Cruz Vadillo ofrece una idea contraintuitiva y profundamente relevante: el consenso forzado no es armonía, es exclusión. Cuando el objetivo es que todos piensen igual, se silencian identidades y se clausura la pluralidad.


Un camp es un laboratorio ideal para aprender esto. La convivencia real trae fricción: diferencias de carácter, liderazgo, pertenencia, humor, límites. El aprendizaje no está en evitar el conflicto, sino en transformarlo: pasar del otro como enemigo al otro como adversario legítimo. Esto permite que el desacuerdo se vuelva una práctica civilizadora: escuchar, argumentar, negociar, reparar.


Por eso, deja de temer al desacuerdo. En educación experiencial, el conflicto bien acompañado es un maestro. El consenso total suele esconder injusticias; el disenso bien encauzado abre espacio para inclusión real.


Tres pilares para tomar el control del aprendizaje


Para que el aprendizaje deje de ser algo que te “sucede” y se convierta en algo que tú “diriges”, Ivet García Montero propone tres núcleos de competencia que convierten al estudiante pasivo en aprendiz autorregulado. En un camp, estos pilares aparecen con fuerza porque las decisiones son reales y el feedback es inmediato.


  • Significado Vital: No basta con “pasar por una actividad”. Lo formativo surge cuando conectas lo vivido con un sentido personal: ¿qué me pasó?, ¿qué aprendí de mí?, ¿por qué reaccioné así?, ¿qué quiero hacer distinto mañana? Aprender es encontrar significación vital, no memorizar información.


  • Conocimiento Generativo: Lo vivido en camp no debe morir en el camp. La contextualización convierte la experiencia en herramienta: transferir lo aprendido a casa, escuela, deporte, amistades. Un buen camp no solo deja recuerdos; deja capacidades portátiles.


  • Base Orientadora de la Acción: En un entorno experiencial, gestionas recursos: energía, frustración, tiempo, relación con otros. Aprendes cuándo pedir ayuda, cómo planear, cómo sostener un objetivo, cómo regularte.


Por eso, no seas un recolector de momentos. Conviértete en un arquitecto de tu aprendizaje: interpreta lo vivido, transfiérelo y gestiona tu progreso.


El protagonismo infantil: ciudadanos del presente, no del futuro


Basándonos en las investigaciones de Ruth Belinda Bustos Córdova, conviene romper con la visión condescendiente de la infancia como “preparación”. Los niños no son ciudadanía en potencia; son sujetos de derechos hoy.


El protagonismo infantil es la capacidad de organizarse y transformar la realidad. En un camp, esto no es teoría: ocurre cuando los niños participan en decisiones reales del grupo (acuerdos, roles, reglas, cuidado mutuo), asumen responsabilidades y coordinan acciones colectivas. La participación no nace solo de obediencia: también nace de indignación frente a injusticias (exclusiones, abusos, burlas) y del deseo de corregir el mundo inmediato.


Por eso,  deja de ver a los niños como “el futuro”. En una experiencia en el camp, el protagonismo infantil se practica hoy: tomar postura, cuidar al grupo, proponer mejoras y sostener compromisos.


Conclusión: La educación experiencial como acto de libertad


Aprender en comunidad —cuando se hace bien— es un acto de libertad. Al permitir diversidad, sostener disenso y cultivar autonomía, la educación deja de ser domesticación y se vuelve emancipación. El conocimiento real es el que te permite leer críticamente tu mundo inmediato y actuar con la valentía de transformarlo.


Si estás pensando en un camp, la pregunta central no es “¿qué actividades hay?”, sino:


¿Qué tipo de comunidad vivirá tu hijo?¿Una estructura que entretiene y controla, o una comunidad que acompaña, contiene, confronta con sentido y forma capacidades para la vida?


 

 
 
 

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